La bilis de los pro-taurinos aun salpica las calles de Barcelona (y de otras aldeas ibéricas) después de que el Palament de Cataluña, y aparentemente de forma democrática, resolviera aprobar la prohibición de las corridas de toros en esta periférica y problemática región nacionalidad comunidad autonómica de España. Y es seguro que ahora muchos lamentan no haber seguido las indicaciones del visionario General Baldomero Espartero, Duque de la Victoria, y sus bombardeos sobre Barcelona cada 50 años. Eso pasa por ir de democráticos y de guais por la vida.
En todo caso no deja de sorprender la airada reacción de algunos sectores de la sociedad española (bueno vale, de los de siempre) cuando sabemos que hace casi 20 años que las corridas de toros están abolidas en Las Canarias (y que incluso los dirigentes del PP de allí se alegran de que otras comunidades les hayan seguidos los pasos) y entonces nadie soltó a los perros rabiosos como ahora. ¿Será discriminación positiva y exceso de cariño?
Desde ese fatídico momento han sucedido muchas cosas: toreros irrumpiendo en sedes de juventudes de partidos políticos (ERC) y liándose a hostia limpia con los muchachos, partidos políticos vinculando la resolución parlamentaria a las ansias separatistas de los siempre pérfidos catalanes, declaraciones de incredulidad de dirigentes políticos (tanto de derechas rancias como de izquierdas rancias) incluyendo palabras como: aberración, dictadura, agresión, ignorancia…
Ah! Y la última del PP, paladín y galante de los derechos y libertades de la humanidad, propone ahora que el congreso de ‘protección’ a los toros en toda España “por su interés cultural y turístico”. ¡Chupate esa! Macabro juego de palabras.
Y es que ahora quieren defender nuestros derechos constitucionales: la igualdad de los españoles y el acceso a la cultura. Todo por nuestro bien. En defensa de la libertad. Y con esto justifican mantener un sangriento ritual en el que algunos llegan al éxtasis absoluto con el arte que desprende la masacre de un animal.
Ahora todos enarbolan el “prohibido prohibir“… en su enésima demostración de supina hipocresía. Vinculando y contraponiendo, por ejemplo, la ley del aborto con la exigencia de un mínimo de respeto a los animales. Hay que tener poca vergüenza.
O ninguna.






























