Se las prometía felices el desaprensivo ladrón cuando le echó el ojo al Segway de un niño. No podía haber “trabajo” más fácil.

Con lo que no contaba era con la desinteresada intervención de un “buen samaritano“, que lejos de arrugarse ante el ladronzuelo, le dio un buen revolcón.

Al final el ladrón cazado corriendo a su guarida con el lomo calentito y la cola entre las piernas, el muchacho con su Segway y el buen samaritano con henchido del orgullo que da el haber actuado correctamente (aunque ya sabemos que alguna que otra vez estos valientes paladines catan en sus carnes las iras de los frustrados villanos).