Cuando un oso te visita en plena acampada

No hay nada mejor que un día de acampada en el bosque, lejos del estrés y de la contaminación de las ciudades.

Las posibilidades son infinitas. Puedes ir solo, en pareja, con amigos, etc. Una simple tienda de campaña y unos pocos víveres son suficientes para entrar en conexión con la naturaleza, para impregnarte de algo que no sea dióxido de carbono.

Pero resulta que los bosques, a día de hoy, aun los compartimos con los animales. Y ellos, al igual que nosotros, también son curiosos.

Estos campistas atrajeron a su improvisado campamento a un oso que, al más puro estilo de Yogi, se metió desvergonzadamente en sus tiendas en busca de cualquier cosa que llevarse a la boca.

¡Un auténtico sinvergüenza! :)

Brad Pitt, ¿El Narciso de nuestra era?

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En la mitología griega, Narciso (en griego Νάρκισσος) era un joven conocido por su gran belleza. Acerca de su mito perduran varias versiones, entre las que se cuenta la de Ovidio, que fue el primero en combinar las historias de Eco y Narciso, y relacionarlas con la anterior historia del vidente-ciego Tiresias.

Según esta última, tanto doncellas como muchachos se enamoraban de Narciso a causa de su hermosura, mas él rechazaba sus insinuaciones. Entre las jóvenes heridas por su amor estaba la ninfa Eco, quien había disgustado a Hera y por ello ésta le había condenado a repetir las últimas palabras de aquello que se le dijera. Eco fue, por tanto, incapaz de hablarle a Narciso de su amor, pero un día, cuando él estaba caminando por el bosque, acabó apartándose de sus compañeros. Cuando él preguntó «¿Hay alguien aquí?», Eco contenta respondió: «Aquí, aquí». Incapaz de verla oculta entre los árboles, Narciso le gritó: «¡Ven!». Después de responder: «Ven, ven», Eco salió de entre los árboles con los brazos abiertos. Narciso cruelmente se negó a aceptar su amor, por lo que la ninfa, desolada, se ocultó en una cueva y allí se consumió hasta que solo quedó su voz. Para castigar a Narciso, Némesis, la diosa de la venganza, hizo que se enamorara de su propia imagen reflejada en una fuente. En una contemplación absorta, incapaz de apartarse de su imagen, acabó arrojándose a las aguas. En el sitio donde su cuerpo había caído, creció una hermosa flor, que hizo honor al nombre y la memoria de Narciso.